Esta semana empieza la campaña electoral; lo que hemos visto y oído hasta ahora no ha sido más que el aperitivo de las promesas de los candidatos a presidir España. Empiezan los mítines, los debates cara a cara, y otros actos de propaganda política y a los ciudadanos de a pie nos toca escuchar, reflexionar, evaluar argumentos y promesas de futuro para decidir quién ofrece mejores garantías para dirigir el desarrollo económico y social de nuestro país en los próximos cuatro años.
No es una tarea fácil ya que el ambiente no acompaña: la crisis económica se ceba en nuestros bolsillos, en el empleo de cientos de miles de ciudadanos haciendo peligrar también la supervivencia de empresas y empresarios; tampoco acompaña la inseguridad existente en algunas comunidades por la presión nacionalista y el fantasma del terrorismo; ni tampoco la superficialidad que está calando a través de los medios de comunicación sobre temas que atentan directamente contra la dignidad del ser humano como son el aborto, el divorcio, la definición de matrimonio o la educación.
Sin embargo, la mayor parte de los votantes disponemos de información accesible para valorar el alcance que puede tener una ley parcialista, unas declaraciones a destiempo o un gobierno sin visión de conjunto sobre la ciudadanía, sobre la sociedad, sobre los valores personales de cada uno. Además, el papel del ciudadano en política es cada vez más activo, cuenta más: así lo demuestra el incremento de asociaciones y fundaciones en los últimos años y su participación en la vida pública de muy diversos modos. Por todo ello, pienso y creo que bastantes estarán de acuerdo conmigo, que nuestro futuro no está en manos de nuestros políticos sino en las nuestras y por ello, no debemos dejar pasar esta oportunidad de buscar con nuestro voto aquella opción que respete los valores fundamentales de todos los españoles y que garantice escucha, respeto y servicio a todos. Difícil, pero creo que esta vez podemos y debemos exigirlo