A menudo leemos en la prensa las reclamaciones de sindicatos y de grupos feministas a favor de la igualdad entre hombres y mujeres en el ámbito laboral y social. Se protesta por la falta de participación de la mujer en los consejos de administración y en puestos directivos, por la diferencia salarial, por el techo de cristal que supone para muchas buenas profesionales el ser mujer.
Creo que es cierto que, por eso mismo, no existen aún sistemas eficaces que les permitan desarrollar su carrera en igualdad de condiciones. Sin embargo, no se puede proponer como medida correctora que la mujer cambie su rol para adecuarse al mercado laboral, porque en muchos casos significaría la pérdida de su identidad. El genio femenino, esa actitud vital de acogida manifestada muchas veces en su capacidad física de dar vida y en esa otra jornada laboral en el hogar suponen un enriquecimiento del entorno en el que desarrollan su actividad cotidiana y nunca pueden considerase solo en clave productiva o ser minusvaloradas.
Por eso, en el Día Internacional de la Mujer debe evitarse la imagen de contraposición entre hombre y mujer, entre carrera profesional y familia: porque no es incompatible el desarrollo profesional con su dedicación familiar, e incluso deberíamos valorar más aún ese tiempo que la mujer dedica al hogar y a la familia y volver a poner en el lugar preeminente que les corresponde a aquellas que por un tiempo se dedican a su familia a jornada completa. Porque se pueden crear sistemas, estructuras y sobre todo actitudes positivas que permitan que la mujer pueda desarrollarse sin interferencias en esas dos facetas, la familiar y la profesional.
(8/3/07)