Estamos en Adviento y parece que nos aceleramos al ritmo de
las musiquillas navideñas, y las luces de los grandes centros
comerciales que nos traen ya una Navidad con elevados índices
de ventas, colas de cajas enormes, caras comidas o cenas
de empresa, regalos y compras desorbitadas para satisfacer las ilusiones del más exigente, sin límites de horario.
Y todo por el loable fin de que disfrutemos de la fiesta al máximo y hacerla más fácil a todos. ¿Yen realidad en qué se traduce todo esto? En una sencilla premisa: para ser feliz en Navidad, pásate por los grandes almacenes.
Me encantan las luces, los belenes, los regalos, las sonrisas, los encuentros familiares de estas fechas, pero no estoy de acuerdo en que, para vivir estos días con toda su hondura y significado, haya que fundir la tarjeta de crédito, y subir arrastrándose por la famosa cuesta de enero. Deberíamos dejar los agobios del consumismo y de lo aparente, y reflexionar un poco más sobre el Nacimiento de ese Niño que cambió el curso de la Historia. Pensar que nació pobre como los que acampan por nuestras calles, que nació en una familia como la nuestra, que llevó pañales como nuestros niños, que era débil y desvalido como nuestros mayores… Contemplando el Belén, aprenderemos el verdadero significado de la Navidad, no sólo para los cristianos, sino par toda la Humanidad. Ysabremos valorar no tanto el
precio material de lo que recibimos, como el cariño. Y nos libraremos
de verdad de los agobios navideños.
(15/12/05)